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San Antonio Río Verde, Tututepec, Oaxaca. El Festival Cultural en Defensa del Río Verde celebrado en esta localidad, el pasado 28 de noviembre, se distinguió por rostros y expresiones multiculturales; específicamente, afromexicanos, chatinos, mixtecos y mestizos, desde sus diferencias lingüísticas y culturales se unieron a una sola voz en su rechazo absoluto al proyecto hidroeléctrico Paso de la Reina; bajo este acuerdo, las comunidades se organizaron en sus aportaciones y preparativos al festival.
La cocina. La comunidad anfitriona, San Antonio Río Verde, con al menos dos docenas de hogares, asumió la responsabilidad de recibir a más de mil participantes, fue así que se preparó de la siguiente manera: amplió la cocina a través de tequio, del trabajo colectivo de sus ciudadanos, para esta tarea pidió prestada al municipio una máquina excavadora, la que durante dos días desmoronó parcialmente un muro de tepetate a un costado de la iglesia y la agencia, en este nuevo espacio fue donde se instalaron las cinco estufas de leña, una mesa de preparación, cinco mesas largas y sus sillas, asimismo, se construyó el techo con palma de coco, la cual requirió la experiencia de los treinta hombres de la comunidad.
Caldo de vaca. Más tarde, los oriundos de San Antonio se repartieron la tarea de recolectar cuatro camionetas de leña de dos toneladas cada una y analizaron la decisión de conseguir más gallinas o conseguir una vaca para la comida del festival porque no querían ofrecer sólo huevos con arroz y frijoles. Cuentan los involucrados que a dos días del festival, se empezaron a imaginar que no sólo llegarían trescientas personas según nuestras primeras estimaciones, quizá llegarían ochocientas, o por qué no mil, fue así que recargados sobre la nueva pared de tepetate, observando la corriente del río, decidieron que ellos querían ofrecer “caldo de vaca”, además del menú ya previsto, el único inconveniente era reunir más de seis mil pesos para comprarla de buen tamaño y con los condimentos. Entonces, continuaron detallando, nos entró el gusto y ya estando animosos en que recibiríamos a mucha gente que también defiende el río, empezaron los vecinos a decir cuánto aportarían. Uno de ellos ofreció sus ahorros, mil pesos, otros entregaban quinientos, los demás doscientos ó cien pesos, además del dinero que sobró de la fiesta de San Antonio, en total reunimos ocho mil pesos, de los cuales compramos una vaca joven con la que se llenaron cinco tinas grandes de comida. La comisión de matanceros de vaca la integraron 6 hombres. Dicen que les sobró cerca de tres mil pesos, los que se quedaran a resguardo para el próximo festival.
Las cocineras. Había que cocinar una vaca entera, más las aportaciones de las comunidades y las organizaciones civiles 60 kilogramos de frijol, 50 kilogramos de arroz, 5 kilogramos de café y 1,080 huevos en salsa roja y verde, 10 gallinas en caldo blanco, 50 kilogramos de jamaica. De esta manera las 30 mujeres de San Antonio se coordinaron con las de otros pueblos, recibieron a 15 oriundas de Paso de la Reina, 5 de San José del Progreso, 2 de Charco Redondo, 2 de El Gachupín, 1 de El Faisán, 1 de La Cañada, 8 de La Luz, 8 de La Teja y 2 de Pueblo Nuevo, todas ellas prepararon desayuno, comida y cena para mil visitantes. Mientras que las señoras anfitrionas trabajaron aún un día después del festival porque había que limpiar, organizar y repartirse a cada quien sus ollas, cazuelas, tambos, cucharas y devolver a Paso de la Reina sus mil vasos de colores y sus mil platos color café. Finalmente, se complementó la comida con 500 piezas de pan de panela que horneó Tataltepec de Valdés y las 5,600 tostadas grandes que enviaron las mujeres de Ixtayutla de las comunidades de La Humedad, La Cuchara, Xiniyuva, Tierra Blanca, Caña Muerta ,Yucuya, Pueblo Viejo, Macahuite, El Mosco, Tierra Colorada, Llano Escondido, Llano Verde, Nuyuco, San Lucas Atoyaquillo , Las Trojes,Corral de Piedra y Tetlate.
Describen las cocineras que mientras picaban la carne y el tomate, hacían cuentas de las cantidades de leña y horas de trabajo se requirieron para elaborar cada una de las tostadas recibidas, fue así que más animosas se sintieron en esperar el día de celebración.
El Festival en Defensa del Río Verde. El día inició al alba porque llegaron quienes instalarían el escenario a orillas del río tanto la lona, la tarima, las sillas y las mamparas. Las cocineras parecían que no hubieran ido a dormir, eso no lo sabemos, ni nos atrevimos a preguntar. Se inauguró el festival con un ritual conducido por una mujer chatina que sus palabras siempre contienen agradecimiento a dios y a la madre tierra, y un sacerdote que al cauce lo nombra “hermano río”. Para estos instantes ya se escuchaban diferentes acentos, dos variantes del idioma mixteco, el chatino y el español. Las ropas de los hombres se mostraban desde el cotón blanco de manta y guarache de correa cruzada, hasta ropa de manta que a los extremos estaba teñido de color púrpura, son los tacuates, decían la gente de San Antonio. Las chatinas llevaban sus clásicos rebozos oscuros y blusas bordadas de flores contrastantes y trenzas por supuesto. Otras mujeres mayores vestían en enredo morado de las mixtecas, sin blusa, sólo con una frazada encima o un mandil cruzado por la espalda. Ahí mismo convivían en tiempo y espacio los afromexicanos con sus ropas escotadas, de colores de playa y sus labios gruesos y sus cabellos de enroscados chinos en contraste con los lacios de las comunidades indígenas. Todos nos observábamos sorprendidos de nuestras diferencias y que estuviéramos reunidos ahí por el mismo motivo: defender el Río Verde porque el agua es vida, sentenciaban.
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